Prosigamos nuestras ensoñaciones una semana más, ya se sabe que el soñar no es gratis, pero como si lo fuese: mejor esto que otras cosas peores.
Un golpe seco sacude todo mi cuerpo. Muevo la cabeza y logro mirar al frente. Parece que estoy en un campo enorme, mi vista no alcanza el horizonte. Intento desentumecer mis extremidades, pero me resultan muy extrañas. Parece que estuvieran dislocadas, tal vez fragmentadas. No del todo, no estoy seguro. Las noto fuera de sitio, distintas a su funcionalidad primigenia, pero en modo alguno rotas. Es más, las encuentro más libres, como si después de un largo tiempo pudieran, al fin, liberarse de su pesado yugo, de ese cuerpo que sucumbe a la gravedad.
Precisamente eso es lo que no siento ahora, tengo una sensación total de ingravidez, como si estuviera flotando en el aire, como si mis pulmones hubieran despertado a un nuevo mundo, a un nuevo aire más puro. Me estoy dando cuenta de que mis pies no tocan el suelo, que mis brazos baten el silencio, que el suelo se me aparece como una moqueta de vida artificial, como el hormiguero que un niño está a punto de destrozar.
Y mis brazos se mueven cada vez más y más rápidos, y mi voz se pierde en el viento, y mi cuerpo se disuelve en la bruma vespertina que despide la ciudad. Poco a poco, llego a nuevos horizontes, un penetrante olor salubre lo inunda todo. Al fin, el mar, un vasto océano azul de fuego bailando sobre su superficie, de cigüeñas haciéndo la compra del día.
De repente despierto con un fuerte dolor de cabeza, tirado en el césped del campus de la universidad. Parece que todo ha sido un sueño, un hilillo de sangre baja por mi cara. Veo a mis amigos preocupados llamándome a gritos, por lo visto me di un golpe contra un árbol y he permanecido varios minutos sin conocimiento. Sin embargo, la boca todavía me sabe a sal.
Alberto Serrano Martín





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