Archivo mensual: noviembre 2011

El bozal del Gran Dragón Asiático

Un mar de sonidos invade “Chinatown”, aunque sus habitantes permanezcan en silencio. En Chinatown nadie sabe nada; todos se afanan en su trabajo y sólo se preocupan por sus negocios. Chinatown es prospera y no entiende de horas o días. Más conocido como el Polígono de Cobo Calleja, esta ciudad comercial situada en Fuenlabrada (Madrid) emerge como un islote en el segundo cinturón industrial de Madrid. Las tiendas se extienden hasta donde no abarca la vista y sube al cielo una mezcolanza de lenguas: español, chino, árabe, turco, inglés… Pero los cimientos de esta particular torre de Babel no se mecen ante las tempestades económicas actuales, pues su idioma básico es el dinero.

El choque cultural es máximo. Al cruzar el puente de la Autovía Toledo cambiamos de continente y de estructura social. Cobo Calleja funciona como una pequeña representación de esa gran potencia que emerge como un dragón famélico amenazando con devorar lo se ponga delante. China vela por sus propios intereses, sin atender a las penurias u opiniones del prójimo. Esta es su política respecto a, por ejemplo, los derechos humanos. Pese a haber ratificado el Convenio de Viena de 1993, se aferran al principio de no intervención en los asuntos de un Estado miembro, reconocido por la Carta de las Naciones Unidas. Ante los derechos humanos, que valoran de forma positiva, oponen el derecho de un país a desarrollarse. Todo esto pese a que la misma Carta de N.U establece que el respeto a los derechos humanos es básico para promover el desarrollo de una nación.

China se ha centrado en reforzar su economía, consciente de que las jerarquías que mueven el mundo en la actualidad se miden en dólares. Esas fueron las bases del ‘Gran salto adelante’ y de la ‘Revolución cultural’ de 1966. China daba la espalda a su cultura tradicional basada en tres pilares (taoísmo, confucionismo y budismo) y abrazaba una nueva ideología, la del PCCh, basada en largas horas de trabajo y limitación de los derechos. El sistema jurídico chino se encamina a garantizar este silencio. Los delitos «contrarrevolucionarios», la «ley de secretos de Estado», la «ley de albergue e investigación», la «reeducación por el trabajo», las detenciones administrativas, la pena de muerte… Todas estas represalias se ciernen sobre el que se atreva a pensar de distinta forma o de cuestionar el saber del patriarca comunista.

La nueva religión elevaba al Secretario General del Partido a las alturas de un dios al que no se puede reprochar nada. Todo ello impone la ley del silencio sobre una población consciente de los inconvenientes que puede acarrear levantar la voz. Porque en medio de todas esas detenciones administrativas está la persecución y tortura, institucionalizadas en la práctica gracias a los “jefes de celda” de cada centro; otros presos que consiguen indultos o prebendas a cambio de evitar que los funcionarios del Estado se manchen las manos.

Éstas son medidas extremas. La principal arma es la férrea censura que ejerce el PCCh. Esto es lo que sucedió en 2001 con la repetición en bucle de una familia de practicantes de Falun Gong que se inmolaron a lo bonzo en protesta por la persecución que estaban recibiendo por parte del PCCh. Pero en vez de perjudicar al Gobierno, fueron usadas para justificar el peligro de esta “secta”. Porque las distintas creencias no tienen lugar en China. La única ideología permitida es la del PCCh, así lo demuestra la masacre a los uigures en 2009.

Atenazados por el miedo, consumidos por la incertidumbre, el pueblo está acostumbrado a sufrir en silencio. Sin embargo, la apertura al extranjero deriva en una grieta insondable por la que se cuelan nuevas ideas. De esta forma se están dando las primeras manifestaciones laborales; tanto las de trabajadores en la ciudad de Shenzhen en el distrito de Guangdong, como las de los comerciantes chinos en Madrid para solicitar poder vender alcohol.

Al PCCh se le abren múltiples frentes internacionales como el informe de Hillary Clinton en 2010 sobre la situación de los Derechos Humanos en China o la inquietante investigación sobre el tráfico de órganos publicado en 2006 por David Kilgour y David Matas. Pero su espada de Damocles pende de un hilo sostenido por su propio pueblo. La apertura a Occidente conlleva penetración de ideas además de capital. Si el dragón se desprende de su bozal, el bramido que emita puede derrumbar hasta los más sólidos cimientos.

Democracia lenta pero segura

28/11/2011 – Alberto Serrano Martín

El fallido intento de atentado ayer contra el primer ministro libio Abderrahim al Kib ha encendido de nuevo las alarmas sobre el devenir de la era post-Gadafi en Libia. Sin embargo, lo cierto es que cuesta mucho que un país sumido en las tinieblas de una cruel dictadura abra sus ojos a la democracia y no pestañeé ni dé bandazos de ciego. Su iris debe acostumbrarse poco a poco al inmenso foco de luz que les puede servir de guía. Ese lucero llamado libertad.

La historia de nuestro país nos sitúa en una posición privilegiada para entender el sentimiento reinante en Libia. Tras más de 41 años de sometimiento a la  voluble voluntad del sátrapa más excéntrico, confluyen muchos intereses divergentes que tratan de imponerse. La analogía con la dictadura franquista es sorprendentemente precisa. La virtud de ambos líderes fue su capacidad para adaptarse a cada momento y saber aprovechar las oportunidades.

De este modo, las tendencias filo-nacional socialistas y filo-fascistas fueron contundentemente negadas cuando Estados Unidos nos ofreció la posibilidad de abandonar la autarquía. Entonces se reivindicaron más que nunca los crucifijos y el brazo en alto adquiría un significado más campechano, llegando a modificar incluso películas anteriores (“Rojo y Negro”). Gadafi tuvo un proceder análogo. Lo mismo se condenaba a la autarquía internacional como recibía en su jaima a Silvio Berlusconi, Tony Blair y José María Aznar.

Pese a todo, las diferencias son más que evidentes. Franco murió en la cama, aunque su régimen ya se encontraba decrépito y agonizante. Gadafi murió ejecutado por su pueblo en connivencia con la OTAN, en definitiva, con sus, hasta no hace tanto, amigos. Lejos quedan los días en que el M16 y la CIA colaboraban para interrogar (y torturar) a “sospechosos” de pertenecer a la red terrorista Al Qaeda.

Pero la OTAN ya ha formulado su decisión de retirar las tropas y Libia se enfrenta a un gran reto: partir de cero. Tampoco podemos seguir con la analogía en este punto puesto que en España los cimientos democráticos habían comenzado a construirse antes de la muerte del “generalísimo”. Pero el reto era hacer comprender los valores democráticos a las personas procedentes de ese franquismo y conseguir su colaboración en un frente común. A este propósito sirvió una larga transición que todavía deja sus secuelas (puede que 34 años sean suficientes para cambiar una ley electoral que ya no sirve a sus propósitos iniciales).

De igual forma, Libia se enfrenta al reto de conseguir la colaboración de toda la sociedad. La venganza no tiene (no debería) cabida en una democracia. Se debe contar con los leales a Gadafi, con los tuaregs y los bereberes. Pese a acontecimientos como el intento de atentado contra el primer ministro libio Abderrahim al Kib, el camino que se está tomando es el adecuado, lento pero seguro. No se puede esperar que de la noche a la mañana toda la sociedad deseche el pesado influjo de una ideología delirante como la de “el libro verde”, que adoctrinaba y enseñaba a no pensar y abracen los valores modernos. Al fin y al cabo en una guerra civil como la que ha tenido lugar, las heridas siempre son muy grandes (de eso también sabemos un rato) y no conviene echar sal y vinagre sobre ellas. Es recomendable recordar que en el lugar del frustrado atentado no hace ni tres meses que se proyectaba una gran fiesta de “Eid al Fitr” (fin del Ramadán) en conmemoración de un aniversario que nunca llegó a celebrarse: el 42 cumpleaños del golpe de estado del malogrado coronel Gadafi.

RETOS PARA UNA ONU 2.0

28/11/2011 – Alberto Serrano Martín

2011 será recordado por mucho tiempo. Han sucedido grandes acontecimientos en un año que todavía no ha dicho su última palabra. Desde la Primavera Árabe, pasando por los movimientos globales de protesta, la caída de tiranos y terroristas como Muamar el Gadafi y Osama Bin-Laden, nuevas etapas en conflictos de largo recorrido como el palestino-israelí y otros que tocan a su fin como la Guerra de Afganistán. Consecuencia de un mundo tan globalizado, las Organizaciones Internacionales, especialmente la ONU, han tenido numerosos casos en los que participar.

Pero si algo ha quedado patente en este tiovivo de revoluciones ha sido el impacto de la Agenda social a través de internet. Hay dos rasgos que definen esta participación de forma especial: horizontalidad e instantaneidad. Los sucesos son conocidos masivamente en todo el mundo y las decisiones por parte de la sociedad civil y sus consecuencias no se hacen esperar. Además, el consenso se busca a través de reuniones horizontales en las que no destacan líderes y en las que se atienden las opiniones de todos los participantes.

Esto contrasta frontalmente con organizaciones excesivamente burocráticas y en las que determinados miembros gozan de una importancia mayor. Así sucede en el Consejo de Seguridad de la ONU, donde sus cinco miembros permanentes (EE.UU., China, Rusia, Reino Unido y Francia) tienen la potestad de vetar nuevas admisiones. Este es uno de los motivos por los que Palestina y Tíbet no son reconocidos como Estados ya que recibieron el veto de EE.UU. y China, respectivamente.

Los centros de decisión sufren un movimiento demasiado lento y pesado y en muchas ocasiones se cierne sobre ellos un velo de oscuridad en cuanto a sus intereses. No se puede entender de otra forma el apoyo a Muamar el Gadafi previo a la explosión de la revolución libia y la posterior alianza con el Consejo Nacional de Transición llevando al bombardeo de Sirte por parte de tropas de la OTAN hasta conseguir la captura y posterior ejecución del sátrapa libio. Los intereses que han llevado a cambiar tan radicalmente de opinión se encuentran ocultos.

Asimismo, la inoperancia a la hora de actuar de forma diligente supone elevados costes humanitarios. La pesada burocracia se transforma en una trampa mortal cuando atañe a asuntos tan delicados como los Derechos Humanos. Precisamente, se trata de uno de los objetivos principales de este organismo, que establece la Comisión de Derechos Humanos como encargado especial. Sin embargo, para reclamar ante esta comisión hay que pasar por varios intermediarios que se encargan de filtrar las demandas y descartar falsas informaciones. Además, para llegar hasta este lugar hay que realizar un largo viaje por el sendero de la normativa nacional. Algo que no siempre es posible y que da vía libre a que las protestas mueran represaliadas antes de nacer.

La globalización se ha visto acelerada y fomentada por las nuevas tecnologías de la información. La instantaneidad y horizontalidad han sido bien acogidas por parte de la agenda social que las usa diestramente. Sin embargo, la agenda política continúa en un estado de indefinición. Al mismo tiempo que la ONU reniega de un poder centralizador alegando el concepto de gobernanza y rehusando intervenir en las jurisdicciones nacionales, establece un Derecho internacional que permite la entrada en determinados conflictos. En definitiva, hay una falta de coherencia a la hora de actuar.

Su evolución se encamina hacia dos alternativas: configurarse como una Organización superior con potestad para actuar en los asuntos internos de los Estados miembros haciendo cumplir los Convenios suscritos; o imbuirse de un espíritu más transparente y democrático a la hora de tomar las decisiones, suprimiendo la capacidad de veto por parte de cinco Estados que se sitúan por encima del resto en la actualidad.