Se te conoce por tus pasos, por tus gestos, por la gente que acude a tu velatorio. Por aquellos que lloran sin saber por qué, por los que ríen a carcajada. Se te conoce por tu forma de hablar, de pensar, se te conoce por la gente que dejaste al marchar.
Y, ¿qué diferencia hay entre vivir y soñar, cuando la vida me parece un sueño irreal? Cuando siento muy dentro que esto no es real, que tarde o temprano despertarás. Cuando me debo quedar impávido ante el cristal, mientras algo en mi interior me demanda actuar. Cuando quiero cruzar ese estrecho y despertarte a golpes, y no me acostumbro a hablar de “el cuerpo”, y no me acostumbro al “era”, ni al “fue”, ni siento en mi alma un cálido abrazo. Siento frío, siento la nada, siento que esto no puede estar pasando.
Y no me acostumbro a pensar en el pasado, a sentirte lejano, a verte cercano. Y no me mientan, y me digan que ya no estás, porque yo te puedo ver enfrente de mí. Y no me mientan y me digan que te encontraré, porque sé que eso no es verdad. Y no, no me digan que es mejor así, que dejaste de sufrir, que descansas en paz. No me lo digan porque no es verdad, ya no existe el descanso, el sufrimiento se queda corto. Cuando la vida acaba, cuando la lucha ha terminado en derrota, ¿qué nos queda?
Y me veo aquí parado, obligado a despedirme de un gélido cuerpo extraño. Extraño y conocido, sé que no estás aquí, sé que te has ido. No puedo tocar tu frío cuerpo, sentirlo contra el mío. No puedo porque no eres tú, no puedo porque no soy yo. Veo tu rostro, lo siento distante y próximo, espero esa chispa de luz que devuelva el color a tus mejillas, que abra tus ojos. Necesito esa chispa milagrosa que te levante de donde estás postrado. Necesito oír tu voz, no puedo creer que haya desaparecido, necesito oír los latidos de tu corazón, sentir tu respiración, olerte una vez más.
Y hoy menos que nunca puedo entender cómo hay gente que desprecia la vida, que la arrebata sin compasión, que deja tanta gente atrás. Si estuvieran hoy aquí, se lo pensarían dos veces antes de apretar el gatillo. Si fueran conscientes de la excepcionalidad, de la fragilidad, del milagro que anda, habla y come, no tendrían el valor de hacerlo. Si pensaran en lo que es estar aquí, sabiendo que no estás; esperando que regreses, sabiendo que no regresarás. Si sintieran la impotencia de desear en vano que nada de esto haya acabado, que te quedan seis vidas, que todo es mentira. Que ayer estabas aquí, que mañana se te habrán comido los gusanos. Que no me puedo despedir de ti, que siento tu presencia muy cerca de mí, que siento que un día aparecerás por la puerta de atrás.
Que no, que no, que no me despido de ti. Que tus cosas te están esperando en casa, que tus amigos ya han quedado para salir. Y esta vez tienes que ser puntual, no puedes faltar. Si todo esto tiene que suceder, al menos podrían avisar, merecemos una fiesta final, merecemos podernos despedir. Por eso, no quiero despedirme de ti así.
Y aunque quisiera, no sé que iba a poner. ¿Qué le puedo contar a un cuerpo inerte?, ¿dónde iba a mandarle la carta? Nube 3120, C/ Buenos Aires, Cielo. ¿Quién la iba a entregar allí? Así que no, que no me despido de ti, te envío un hasta luego. Es un placer haberte conocido, sería un placer volver a encontrarme contigo.
Alberto Serrano Martín
PS: Por y para mi tocayo, una gran persona que nos ha dejado. Por y para mi peque, mi Carmén y mi Victor. Siempre estará con vosotros. Incluso si ya no le podéis ver, está muy cerca, está en vuestros corazones, no en una urna o un nicho.