Archivo de la categoría: Cuéntame un cuento

Diversos escritos, cuentos, historietas, Un lugar de interacción y de puesta en común de nuestras historias particulares

La película de su vida

Sábado, luces, acción. El joven chico se prepara para una noche de cine. En la sala ya no queda ni un alfiler, pero a él no le importa llegar tarde. Hoy echan la misma que ayer. Y aun le quedan muchas tardes y sábados para volverla a ver. El chico se acomoda en su asiento, con un cartón de palomitas en una mano y un refresco en la otra. Los ojos giran y giran a lo largo de la pantalla, resaltando más y más su inmovilidad. La chispa que se esconde en ellos revela un hálito de vida en un cuerpo disociado de su mente. El chico no está en sí; el chico rasga cortinas llenas de misterio, prestando apartamentos a jefes y conocidos del trabajo y guareciéndose con John en el fuerte de los villanos.

El chico se embarca en la misión de salvar a la dama en apuros. La eterna batalla entre Montesco y Capuleto marca un tempo alto, con María como blanco de pureza. El chico conoce lo que es el amor, escarcea con imágenes de Marilyn, de Rita, Audrey, Elizabeth, Greta, Vivien, Grace… es inundado por los haces de luz que salen del proyector. El chico asiste al descanso, pero ya no es tan chico. A la segunda sesión asiste con sus pequeños, como cada sábado noche. Se deleita con la imaginación de los infantes, que vuelan en naves siderales y juegan a descubrir replicantes. El mismo hálito de vida se adivina en sus ojos, aunque ahora brilla con más intensidad que nunca.

El hombre no se mueve de su silla, aunque sus hijos crezcan. No se mueve del asiento aunque su esposa envejezca. El hombre estaba tan absorto en su visión que no sabría decir cuánto tiempo lleva allí. El chico ya no es chico; el hombre peina canas entre barcos hundidos y anillos destruidos con una legión de nietos peleando por la tierra media. Peina canas como las han peinado con él sus compañeros: el bueno de Clint ya no es tan fiero, el paranoico Woody no es tan gracioso. El anciano echa de menos sus clásicos, su mente sigue cabalgando contra los indios.

Un buen día, el sabio cinéfilo acude a su última obra. La misma chispa de todos los sábados noche se ilumina. Ahora está solo, su esposa ya no se encuentra con él; sus hijos han crecido, sus nietos ven películas en el móvil. Las luces se apagan, el proyector se enciende, sus ojos de cierran… La película comienza. Se encuentra andando entre las tinieblas. Ve una luz, camina hacia ella. Encuentra la salida, pero descubre… La misma sala de cine de cuando era joven. Esta vez él es el protagonista de la película y a su alrededor se congregan todos sus conocidos. Sus nietos, sus hijos, todos de corta edad, corretean por las butacas. Se forma un corrillo en el que cuenta a Norman, a Alvin, a Ethan, a Sabrina, a Cleopatra… Están los jefes indios y los cowboys de media noche. Por las esquinas del escenario Campanilla persigue a Peter que se acerca para llevarle al país de Nunca Jamás. Sus pies empiezan a despegar, pero algo le ata al suelo. Mira a un lado… Su mujer. Su compañera, con un vestido blanco y peluca rubia luce más despampanante que nunca. Toma su mano y comienza el vuelo. El negativo muestra signos de estar quemándose, el proyector va apagando su luz. Otro sábado noche, otra película que contar.

Extrañamiento

Sábado. Diez de la mañana. Verano. Nuestro protagonista se encuentra bañado de fina arena blanca, en una playa cuya inmensidad su mirada no logra abarcar. Ningún pensamiento, ninguna inquietud. Tan sólo la banda sonora de este cálido día: el tempo-ritmo marcado por la brisa marina, la cadencia de las olas del mar, el estrépito al romper las olas, la bocina de un barco, las lastimosas quejas del reflujo de la marea…

Niños jugando con la arena en la orilla del mar. Nuestro protagonista se incorpora y dirige sus pasos hacia ellos. A medida que avanza, el castillo va tomando dimensiones imperiales. Ante él, se encuentra un auténtico palacio. Merodea por sus aledaños, sus pequeñas patas le impiden recorrer toda su extensión. Trepa por las murallas y penetra en el interior de la torre más alta. Se tiene que frotar los ojos, no puede creer lo que está viendo. Se encuentra en una habitación idéntica a la suya. El mismo desvencijado mobiliario, la misma colcha… hasta el olor es parecido. De repente, las paredes empiezan a temblar. El suelo se rompe en mil pedazos y el cuerpo de nuestro protagonista es zarandeado, golpeado, transportado…

Cuando recobra el conocimiento, se encuentra en el fondo del mar. Empieza a mover sus brazos desesperadamente, sin orden ni concierto. Ya no tiene aire en los pulmones y cuando está convencido de que le ha llegado su final descubre que puede respirar dentro del agua. Nuestro protagonista explora sus nuevas posibilidades, disfruta de sus movimientos, descubre lugares jamás vistos. Juega, se sumerge hasta el lecho marino, pero golpea su extraño cuerpo contra algo que impide su avance. Al principio no sabe de qué se trata, pero pronto se percatará de la gravedad de su situación. Tan pronto como vuelva a ser desplazado, podrá oír el arrastre de las poleas. Es un barco pesquero, el mismo que divisó en la playa. Los minutos son agónicos. Una vez en la superficie, descubre para su horror, que ya no puede volver a respirar.

Lo intenta, pero con esto sólo logra que el mareo inicial se torne en un insufrible dolor de cabeza, nota cómo su cerebro va muriendo poco a poco. La vida se le escurre, como se está escurriendo él sobre la cubierta del barco. Junto a nuestro protagonista se encuentran cientos de compañeros, cientos de cadáveres. “Esto sí que es un genocidio”, piensa amargamente. El barco inicia su movimiento, pero antes de completar el trayecto hasta el puerto, nuestro protagonista va a sufrir un dolor inmenso. Nota cómo su carne es arrancada a dentelladas de su cuerpo. El dolor asciende hasta su sistema nervioso y se intensifica tanto al llegar los impulsos a su cerebro que arquea la columna más y más, y termina por quebrar su espina dorsal… nuestro protagonista pierde la consciencia…

Cuando la recobra, se encuentra sobrevolando el océano. Ya no es sólo él, es alguien más. Se dirige hacia el acantilado. Allí le espera una milicia de compañeros y amigos, gaviotas todas ellas, dispuestas a hacer frente a su peor enemigo: los molinos de viento. Nuestro protagonista, ahora general, ha dispuesto ya su estrategia. Como hoplitas en feroz batalla contra el ejército persa de ‘Darío el Grande’, el ejército de gaviotas ha debilitado su centro para envolver poco a poco a las huestes enemigas gracias a sus reforzados flancos.

La batalla comienza, pero la estratagema no da resultado. Las afiladas cuchillas de los molinos diezman su ejército. Nuestro general abandona la retaguardia, impelido a participar, Empieza a descender por el tronco de su enemigo, pero… un golpe seco precipita su caída hacia el suelo.

Sus últimos alientos se funden con la bruma marina. No puede evitar un sentimiento de derrota… y de triunfo. Sus tropas han resistido valientemente, cual espartanos en las Termopilas, se equivocó de guerra, no era la de Maratón. Estaban predestinados a revivir la más épica de las batallas. Una lágrima acude a sus ojos, su sangre se derrama como un surtidor de agua que brota en su garganta… su mirada se pierde, su alma se funde con el viento. Nuestro protagonista deja de serlo, se convierte en el héroe caído, en el mito de su locura.

Extrañamiento – Explicación

Arte radiofónico

Sinceramente, creo que es bastante pretencioso decir qué es arte y qué no. Por eso, no crean que digo que lo que presento a continuación es arte. Eso lo tendrán que juzgar ustedes. El título sólo tiene el objetivo de identificar uno de los contenidos requeridos para esta asignatura. Hecha esta observación, les explico lo que se van a encontrar. Un total de cuatro piezas sonoras que pertenecen a una obra completa. Pueden verse desde distintas ópticas: como una sección de un programa de radio, como pistas de audio dentro de una serie de cuentos radiados, como elementos independientes…

Lo cierto es que su origen se remonta dos años atrás. Por ese entonces, empezaba la universidad y había una clase en particular, no diré cuál, que se me hacía especialmente pesada. Por tanto, empecé a escribir unas historias breves con las ideas que me hubiesen surgido  en mi camino del metro al aula. El objetivo era reunirlas en un libro conjunto, bajo el título de SUEÑOS MAGISTRALES. Ahora, me he decidido a echar mano de ellos y adaptarlos al medio radiofónico. Así que sin más dilación, les dejo con los…

SUEÑOS MAGISTRALES

1. LA OLA FINAL

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2.  LA BOCA ME SABE A SAL

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3. 
WHISKY BARATO


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4. LA SOGA

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Negra sombra que te asombra

Leer en radio o leer en tu casa no es muy distinto… Siempre y cuando cada vez que leas te dejes la piel y el alma en cada suspiro, siempre y cuando paladees las consonantes y las vocales que salen de tu garganta. Siempre y cuando leas pensando que hay un auditorio repleto de gente a la espera de oir tu voz. Si, “por algún casual” ése no es tu caso, pasarás un buen rato aprendiendo a leer radiofónicamente. 

Relatando la negra sombra que te asombra
Relato para quien quiera oir sólo voz.

Y le recordé, le recordé como murió, a ese hombre de mirada amable, gesto simpático, barba espesa y traje de franela.

-¿Conseguiste la inmortalidad, irlandés? En cierto modo sí. Tu nombre se recuerda. Pero tus monstruos, tus fantasmas, te engulleron. ¡Moriste más pobre de lo que un día viviste, en una posada dejada de la mano de Dios! Y tu último suspiro lo dejaste escapar mascullando a una esquina vacía vampiro… vampiro.

Me rendí, sintiendo la locura arremolinarse en mi conciencia. Me dejé caer, como muerto en la silla, frente a mi escritorio, donde decenas de relatos permanecían inacabados, a la luz de una antiguo candil, mostrando sus burlonas palabras que se negaban a mostrar otra cosa que oscuridad y miedo, dolor y agonía, y que jamás, llegaban a buen puerto. Esas palabras malditas que no permitían ser acabadas, que querían seguir flotando en mi mente, día tras día, noche tras noche.

-Vosotros…- Mascullé. -Vosotros que me habéis inspirado. Os amo… y os odio. Frente a mí, el antiguo espejo de marco de madera, reflejaba mi imagen cansada y derrotada, de ojos llorosos y piel pálida.

Entre el reflejo de los oscuros pasillos formados por las estanterías polvorientas se encontraba aquella figura, producto de mi locura, de mis historias enfermas, pálido como la muerte, delgado como la brisa, magnético como la más bella y atemporal estatua de mármol.

- Llega tu momento. –Dijo con voz fría y sonrisa en los labios muertos.

- Apagué el candil, me rendí a la locura, me sumí en la oscuridad.

Guardemos un minuto de sonido

¿Cuántos tipos de blanco conocen? Uno, dos… ¿Uno mezclado con otros colores? ¿Cuántos tipos de silencios existen? ¿Qué es el silencio? El silencio se produce cuando no hay ningún sonido, el silencio es la ausencia de ondas sonoras. Entonces, ¿sólo hay un tipo de silencio?

¿Cuántos conocen ustedes? Tenemos silencios en homenaje a los que nos han dejado, silencios incómodos, silencios necesarios, agradables, tristes, relajantes… silencios que dan miedo, que dan risa, que dan ganas de llorar. Está el silencio que se produce cuando no hay nadie… y el silencio simbólico de una multitud.

Si volvemos a la pregunta inicial y se la formulamos a un esquimal, nos contestará que él conoce numerosos tipos de blancos. Normal, en ello va su vida. Igualmente, en los silencios van las nuestras, en reconocer su significado, en adaptarnos a sus consecuencias y en conocer sus causas… para poder manipularlos.

En este audioblog se les proponen sonidos para que llenen ese silencio. Cuando no tengan nada que decir y nada que escuchar, recuerden que aquí dispondrán de una habitación del silencio con sonidos para llenar.

Bienvenidos a vuestra casa, bienvenidas a SOUNDS 4 SILENCE

Sueños Magistrales V: La Soga

soga

Año 1185,

« ¡Señores y señoras! Entren y vean al asombroso mago de las letras, al único, al inigualable… Mago Lexicón ».

Año 2009,

Cuando André entró en su despacho, el paciente ya estaba en él, y con una soga al cuello. Tras calmarle, se inició la conversación que le definiría cómo psicólogo para el resto de sus días:

—Voy andando por una calle muy estrecha, cada vez más y más estrecha. Siento que al siguiente paso que dé no voy a caber en esta calle, que mi alma se escapa en el momento en que esta angosta vía apresa mi cuerpo. Veo mi alma volar al tiempo que veo desde el cielo cómo las paredes exprimen y machacan mis huesos. Es una sensación muy extraña, ¿sabe? El sentir tu cuerpo y tu alma juntos y separados, no creía que fuese posible disociarlos. Yo nunca he sido de esos que se tragan lo de la reencarnación, ni nada de los chamanes y los ritos vudú.

— ¿Y después?

—Después… Despierto borracho en una escalinata de mármol y cristal engarzados. La escalinata más bonita que yo haya visto, es impresionante, ver para creer. Pero bueno, como podrá usted comprender, en esos momentos no estoy yo como para pararme a pensar en escalinatas. Y es muy raro, ¿sabe? Porque yo nunca recuerdo haber bebido antes, ni una sola copa. Y no hay restos de nada, sólo sé que estoy borracho, que apesto a alcohol por todos los poros de mi piel.

— ¿Y hay alguien más con usted?

—Sí, una muchedumbre de niños y niñas congregados a mi alrededor. Me reclaman unos versos, un cuento, un truco de magia o algo que llevarse a la boca del alma. Pero yo tengo un inmenso dolor de cabeza y les mando a su casa y me pongo a andar hasta que llego a la misma calle, y sé lo que va a pasar, pero no puedo evitar seguir hacia adelante, como si algo me impidiera volver atrás.

—Y cuando se despierta, ¿qué siente?

—Un dolor de cabeza aún más terrible que en el sueño y los huesos molidos en polvo, el cuerpo parece de otro. Y me levanto y voy al trabajo, y el día se pasa volando, y sin darme cuenta, ya estoy en la cama soñando.

— ¿Siempre el mismo sueño?

—Siempre, sin variación alguna, ni posibilidad de evitarlo.

— ¿Y su familia qué piensa al respecto?

—Mi familia ya no es mía nunca más. Mi mujer me denunció en repetidas ocasiones por maltrato físico, y hasta estuve una temporada en la cárcel. Un año más tarde, ella se divorció de mí, y se casó con mi mejor amigo, por lo visto llevaban cinco años juntos, naturalmente a mis espaldas. El juez le concedió la custodia, y me puso una orden de alejamiento, por lo que no me puedo ni acercar a ella ni a mis hijos, al menos hasta que éstos sean mayores de edad. Como declaración, alegaba que yo solía beber mucho, lo cual es falso. Decía que después de ponerme ciego con una botella tras otra, la violaba sistemáticamente y la agredía. Más tarde, dice que salía por las calles de esta ciudad para terminar de desahogarme con cualquier puta o desgraciada, que para el caso es lo mismo, que encontrara por ahí, que se me veía tirado como un indigente. A la mañana, siempre estaba en mi cama, como si nada hubiera pasado.

—Entiendo… ¿y qué le ha llevado hasta mí ahora que ya lo ha perdido todo?

—Últimamente, me duelen más y más los huesos, me sangra la cabeza y el alma se me desboca y se cae por el sumidero de una cloaca inmunda, no sé si me entiende. La policía ha informado de que el número de violaciones han aumentado peligrosamente. Han declarado el toque de queda en la ciudad, y apuntan hacia mí como el principal sospechoso. Pero yo no he hecho nada, nunca hice nada. Pienso que lo mejor sería quitarme de en medio, ya tengo la soga y todo preparado. ¿Qué opina doctor?

— ¿Ha oído hablar alguna vez del mago Lexicón? Cuentan las leyendas que este mago se dedicaba a robar los cuerpos de los durmientes y usarlos cuando éstos no podían defenderse. En el duodécimo Concilio Internacional de Magos, se le condenó a habitar el mundo de los sueños perdidos por soñar…

— Entonces, ¿dice usted que no es culpa mía?

—No, la culpa es de usted, y sólo de usted. Éste mago robaba los cuerpos, pero no las almas. Sólo podía realizar con ellos los deseos más íntimos e inconscientes de sus dueños, lo que ellos no se habían atrevido a hacer nunca. Deje que le ajuste la soga.

Alberto Serrano Martín

SUEÑOS MAGISTRALES IV: Una forma original

lagota

 

Normalmente ando mucho, ando hasta desfallecer. Normalmente no vuelo, solía volar, es mucho más rápido que andar. Normalmente no hago nada anormal, nada que recordar, nada que poder contar. Pero hoy es distinto, hoy he podido volar, he podido nadar, bucear, saltar, brincar, he podido sentir los besos de cierta prostituta que todos conocemos, de la que todos somos clientes y a la que todos odiamos y amamos a un mismo tiempo. Hacía mucho que no los sentía, de cierta forma, los añoraba. Sí, ya sé que los besos de una puta no valen nada, pero sólo ese instante en el que sientes algo próximo al calor humano, sólo ese breve momento en lo que más se parece al paraíso en la tierra, sólo por eso merecen la pena sus besos. Aunque sepa que más tarde los aborreceré, aunque sepa que no saben a nada.

Buenos días por la tarde, disculpad que no os atienda como es debido, pero acabo de despertarme y todavía estoy un poco soñoliento. Sí, ya sé que no son horas, pero ¿qué más da? Al fin y al cabo sólo es un día más que nadie recordará, irá donde va a parar el tiempo que se ha escurrido entre nuestras manos. Ese tiempo perdido debe habitar en algún sitio. Pienso que llegará un día en el que el montón formado por el tiempo pasado supere al tiempo que está por venir, y más aún, todo tiempo futuro se convertirá en pasado y ya no habrá más presente por vivir. Volviendo a la cruda realidad, debo confesar que no sin cierta dificultad, he logrado despegarme de esas sábanas que no me dejaban salir. Siempre entonan sus cantos de sirena e intentan llevarme a las rocas donde más de un navegante sucumbió a su merced, y ahora habita en el olvido de los sueños perdidos por soñar.

Me encamino hacia la fosa común que todos utilizamos diariamente, en la que depositamos aquello que nunca más nos servirá, aquel geriátrico de desechos humanos que nadie quiere tocar, oler o abrazar. Recuerdan más a la muerte que a la vida, huelen a muerte, vemos la muerte en su cara, en sus ojos cansados de vivir, esos ojos inmensos que otean el horizonte como buscando a los amigos perdidos que no volverán a encontrar. Y parado allí delante, a mi objetivo apuntando, no sé cómo, no sé por qué, salgo de mi cuerpo. Me diluyo en millones de gotitas que se dirigen directas al precipicio. Ardiendo como estoy, sólo apetezco el mar, darme ese chapuzón que hace años no me pude dar.

Una vez en el fondo del sumidero, puedo ver a lo que antes era mi cuerpo tirando de la cadena y yéndose como un robot domotizado. El viaje se me hace largo, una corriente incesante de agua me empuja a mí y a mis compañeras hacia adelante, siempre adelante, no se puede mirar atrás. Paso por muchos sitios conocidos, pero apenas sí percibo su esencia, ya que su aspecto es muy diferente en el subsuelo. En estos momentos creo que he ganado esa capacidad, la de reconocer la esencia perdida de aquello que nadie recuerda, que un día fue y no será más. Parece que ahora no me encuentro atado a ningún sitio, que puedo fluir libremente, como un río, como la vida. Más aún, parece que me he despojado del sentirse encadenado a una vida sin vida, ahora me puedo fundir en el mundo del vivir, y por eso creo que puedo reconocer las esencias mejor que antes, porque esas esencias son parte de la mía, todas formamos una sola esencia.

Veo cómo mis compañeras se van integrando poco a poco en distintos lugares, casi sin quererlo, como si una fuerza desconocida llamada destino, azar o providencia las empujase a su objetivo final, las determinase a su función principal. Me pregunto dónde iré, me pregunto qué me han deparado, qué han pensado para mí. Me pregunto qué hago aquí, qué soy y qué seré, y qué he sido si es que he sido algo alguna vez. Nunca me había planteado estas preguntas, no sentía la imperiosa necesidad que sienten todas las personas al llegar a su vejez, piensan en qué les deparará el destino, piensan si esto es todo o habrá algo más. Anhelan que lo haya, que su vida sirva para algo, que los que se fueron puedan volver. Esto me hace preguntarme si me acerco a mi final, si esto es el río Aqueronte y si mi fiel barquero Caronte me llevará a los Elíseos, al Tártaro o al Hades.

De repente, esa fuerza motriz que ya advertí, me impulsa a tomar el camino en el que estoy ahora mismo, esperando encontrar mi suerte, me dejo llevar. Pierdo por un momento todo el control que antes poseía sobre mí mismo. Creo que la última vez que experimenté esta sensación fue cuando todavía no podía hablar, casi no sabía pensar, cuando mi razón sucumbía a todos los placeres, cuando todo era instintivo e irreflexivo. Creo que esa es la razón por la que este sentimiento no está escrito en ningún libro, porque nadie se ha atrevido nunca a experimentarlo, porque nos importamos demasiado a nosotros mismos como para abandonarnos a nuestra suerte. Nos amamos con locura, y eso nos impide amar enteramente a otra persona o cosa más que a nosotros mismos, ningún sacrificio que podamos hacer por nadie será totalmente gratuito. Me parece triste la gente que se enorgullece de convertirse en mártir, los muertos no pueden disfrutar ninguna suerte, y los vivos tienen demasiado que vivir como para preocuparse de alguien tan necio que murió por no morir.

Al fin reconozco hacia dónde me dirige este viaje sin rumbo conocido, he llegado a la universidad. Trepo por sus cañerías, inhalo sus sabores, escucho sus rugidos y sus caricias. Noto la inutilidad, la desesperación de esos estudiantes soñadores con la mente en otra parte, en otros mundos siderales de naves que no vuelan y párrafos flotantes por el universo de las letras. De pronto una supernova, un agujero negro, el big bang o un extraterrestre cruza sus mentes y les convierte en héroes ocupados en salvar a sus damiselas y damiselos, encerrados en el planeta sin nombre de la pedantería y la jactancia, del impúdico deseo de aparentar ser más de lo que se es en realidad. Y ahora, no sé cómo, no sé por qué, me reintegro en mi cuerpo desvaído. No logro comprender qué hace ahí, cómo ha llegado al mismo sitio pero por diferente ruta, y lo más importante ¿quién estaba dentro de él? Porque si yo no estaba, puede que no hubiese nada dentro, puede que la mayoría de las veces nos convirtamos en viajeros sin alma, en seres sin esencia. La clase está a punto de terminar, parece que he encontrado otra manera de viajar. Más interesante, más viva, una forma original.

Alberto Serrano Martín

SUEÑOS MAGISTRALES III: WHISKY BARATO

A todos nos pasa, vemos una escena en nuestra cabeza, puede que una escena imaginaria, tan sólo retazos de lo que no fue, y tenemos que escribirlo, inventarnos la escusa perfecta, aunque no tenga nada que ver. Darle ese toque de imposibles que la escena original no tenía. Así que, disfrutad del whisky barato mis soñadores.cerezos

 

Despego mi cara de la barra del bar de un antro perdido en el tiempo. Allí donde permanece mi alma, donde los días se confunden con las noches y parece que todo se detiene. Todo se hunde en un pozo profundo de whisky barato en el que yo también me ahogo como cualquier fumador común. Como alguien que llena sus pulmones de ese delicioso alquitrán que sabe que un día le matará, y sin embargo, no puede dejar de fumar.

La cabeza está a punto de estallarme, tengo sangre en mi camisa, sangre en mis puños, sangre de otro. Parece que la noche fue muy larga y me han dejado aquí tirado como la colilla apestosa que he sido toda mi vida. Recuerdo que ella se ha marchado, recuerdo que dijo que no volverá, cómo esos labios de la perdición se volvían de frío acero cortante como el hielo. Y es ahí, en ese momento de desesperación, cuando un punzante dolor surge el lado izquierdo de mi pecho, mi pulso se acelera y mi cuerpo convulsiona violentamente. Mis sentidos se pierden en el precipicio de un planeta desconocido, lleno de grietas de fuego heladas. Vuelvo a hundirme en un vaso de whisky, todo a mí alrededor se desvanece.

Cuando recobro la consciencia ella está a mi lado. ¡Oh dios! ¿Estoy muerto? Y si es así, ¿es ella un ángel o un demonio? Hablamos de lugares comunes, de recuerdos pasajeros. Ambos evitamos decir lo que de verdad importa, como siempre y como nunca, como cada una de las veces en que nos encontramos y encontraremos en el fin del mundo. Como el último día que la vi, que nos besamos, que fornicamos no como dos animales en celo, sino como dos hijos pródigos que nunca volvieron a casa y sólo saben huir de las sombras de la realidad, refugiarse en mundos alternativos, donde las reglas del juego se puedan quebrantar, donde no haya nadie más.

Esta vez no será la última que vea su bello rostro, dos horas más tarde pararemos a la vera del camino, una leve brisa agitará los cerezos en flor y una ráfaga de rojos olores despeinará por un momento su cara. Después, ella se atusará el pelo con una sonrisa quebrada en sus ojos, sus labios mis labios, su boca mi boca, nuestras lenguas, nuestras salivas… Recordaré ese beso eterno hasta que exhale su aroma, hasta que exhale el recuerdo imperecedero de nuestra querencia por las situaciones difíciles, por los callejones sin salida.

El profesor me llama desesperado, parece que me he quedado dormido y, sin embargo, mi boca sabe a whisky barato, mis labios a sus labios.

Alberto Serrano Martín

SUEÑOS MAGISTRALES II: La boca me sabe a sal

mirlo1Prosigamos nuestras ensoñaciones una semana más, ya se sabe que el soñar no es gratis, pero como si lo fuese: mejor esto que otras cosas peores.

Un golpe seco sacude todo mi cuerpo. Muevo la cabeza y logro mirar al frente. Parece que estoy en un campo enorme, mi vista no alcanza el horizonte. Intento desentumecer mis extremidades, pero me resultan muy extrañas. Parece que estuvieran dislocadas, tal vez fragmentadas. No del todo, no estoy seguro. Las noto fuera de sitio, distintas a su funcionalidad primigenia, pero en modo alguno rotas. Es más, las encuentro  más libres, como si después de un largo tiempo pudieran, al fin, liberarse de su pesado yugo, de ese cuerpo que sucumbe a la gravedad.

Precisamente eso es lo que no siento ahora, tengo una sensación total de ingravidez, como si estuviera flotando en el aire, como si mis pulmones hubieran despertado a un nuevo mundo, a un nuevo aire más puro. Me estoy dando cuenta de que mis pies no tocan el suelo, que mis brazos baten el silencio, que el suelo se me aparece como una moqueta de vida artificial, como el hormiguero que un niño está a punto de destrozar.

Y mis brazos se mueven cada vez más y más rápidos, y mi voz se pierde en el viento, y mi cuerpo se disuelve en la bruma vespertina que despide la ciudad. Poco a poco, llego a nuevos horizontes, un penetrante olor salubre lo inunda todo. Al fin, el mar, un vasto océano azul de fuego bailando sobre su superficie, de cigüeñas haciéndo la compra del día.

De repente despierto con un fuerte dolor de cabeza, tirado en el césped del campus de la universidad. Parece que todo ha sido un sueño, un hilillo de sangre baja por mi cara. Veo a mis amigos preocupados llamándome a gritos, por lo visto me di un golpe contra un árbol y he permanecido varios minutos sin conocimiento. Sin embargo, la boca todavía me sabe a sal.

Alberto Serrano Martín

SUEÑOS MAGISTRALES I: LA OLA FINAL

Puede que estemos empezando con mal pie esto que viene a ser o a aparentar ser Bolonia. Puede que estemos ganándonos ya la mala fama. Puede que la universidad se esté convirtiendo en una guardería. Pero lo que es seguro es que este post no es un editorial, este post no tiene nada que ver con opiniones, ni demás mierdas cosas serias. Este post es para soñar, para aprovechar lo poco que se puede de estas clases magistrales. Como el primer post, este también está lleno de buenas intenciones. Todas estas historias que poco a poco voy escribiendo las pienso recopilar en un futuro, pero de momento son sólo una forma de evasión, así que soñemos, pero eso sí, MAGISTRALMENTE.

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Abro los ojos y todos mis compañeros se han marchado. La clase está llena de polvo y ceniza. No hay nadie más que yo, pese a que puedo oir muchos latidos de corazón. Corazones que no son el mío, suenan como un reloj, como una cuenta atrás que no se detendrá: 3, 2, 1… una gran explosión. El aire se torna en un maravilloso color rojizo que inunda mi alma, después no se escucha nada. Noto que sólo tengo un oido, el otro se deshace entre mis dedos al tocarlo, no queda ningún rastro de lo que una vez hubo allí.

Mi razón se ve sobrepasada, no comprendo qué ha podido ocurrir, sé dónde estoy, pero no cómo he llegado allí. Tengo por primera vez ganas de gritar, ganas de romper mi garganta cantando al abismo donde un lobo aúlla a la mar y las gaviotas le sacan los ojos al último niño espartano que no debió nacer. Sin embargo, mi voz quebrada sólo dispensa un hilillo de sangre cobriza, de sangre aguada e impura.

De repente,un escalofrío recorre mi espalda. Consigo, no sin cierta dificultad, despegar un pie del suelo. Mil venas creo que han estallado en mi interior, estoy sudando sangre, estoy vomitando sangre sin ganas. Tengo la pierna cubierta de una masa coagulosa negra, la otra pierna no la puedo sentir. La otra pierna parece un trozo de arena mojada que se deshace a la orillita del mar, castillitos de arena que sucumbieron a la tempestad. Empiezo a comprender que este es mi final y mil recuerdos, tal vez finjidos, inundan una masa gris que huye por la gran grieta que atraviesa mi cráneo. Esos recuerdos, esa añoranza, hace surgir lo que en otro momento hubieran sido lágrimas, ahora son ácidos que desfiguran por completo mi rostro.

Miro hacia la ventana, veo los edificios derrumbados, puede que disueltos en el cielo nebuloso de un color que no acierto a adivinar, puede que no esté preparado para ver el color de la muerte, puede que en realidad nunca haya visto nada hasta este momento y por eso me duelen tanto los ojos, puede. Lo siento venir, veo el polvo que hay en el asiento de al lado y comprendo que son los restos de mi amigo. Comprendo que dentro de poco yo seré el mismo polvo, y juntos nos disolveremos en el tiempo y en el espacio, pronto seremos al fin polvo que en polvo se convierte. Llega la ola final.

Alberto Serrano Martín