El periodista de las cavernas


El pasado viernes, en la Conferencia The Front Page: retos de futuro en la enseñanza del periodismo celebrada en la Universidad Carlos III, Ramón Trecet (periodista de Marca.com y Radio Marca) entabló una dura batalla con David Beriain (reportero de REC Cuatro). De la contienda entre el twitterperiodismo y el periodismo de patear calles, surge la revisión de la mítica alegoría establecida siglos atrás por Platón a través de la luz arrojada por las nuevas tecnologías y por las teorías del canadiense Marshall McLuhan.

Cuentan las leyendas que en un pasado inmemorial, había una hilera de periodistas encerrados en una oficina en el corazón de unas tétricas cavernas. Ahogados por pesadas argollas que no les permitían volver la cabeza, apresados por férreas cadenas que les anulaba no ya su ímpetu físico, sino cualquier conato de rebelión en su alma, crecieron en la oscuridad y comodidad del desconocimiento. A su espalda, un potente programa informático les enviaba retazos de la realidad, sombras con mayor o menor precisión. Su cuerpo estaba dispuesto de manera que sólo podían ver las sombras que se proyectaban sobre la pantalla de su ordenador, su mundo se limitaba al ámbito sensitivo y ellos se dejaban hacer.

Masajeaban más y más sus cerebros en la creencia de que el medio es el mensaje y que el contenido carecía de importancia. Podían percibir un millón de sombras sin comprenderlas, pero es que eso ya no era lo importante. Lo importante es recibir ese millón de sombras y procesarlas. No obstante, no todas las sombras eran iguales: algunas eran pesadas, otras livianas; unas corrían, pero muchas se detenían a contemplar el espectáculo. De entre estas, unas pocas les dejaban mensajes cortos que no debían sobrepasar los ciento cuarenta caracteres. Extraños códigos que debían descifrar y contestar con todas las herramientas que tenían a su disposición.

Un día, uno de ellos consiguió deshacerse del yugo y salió de la caverna. El camino no fue fácil, sino que sufrió constantes caídas ya que era la primera vez que empezaba a mover sus piernas. Además, se encontraba con zarzas y brasas que le invitaban a deshacer el camino. Pero él persistió, y al fin, consiguió llegar a la superficie. Cuando lo logró, sus ojos le empezaron a arder con la fuerza de un millón de soles. La belleza que le rodeaba pasaba desapercibida para él: el sonido del mar muriendo en las rocas y renaciendo en la orilla, el sonido de las flores al crecer, la primera sonrisa de un niño, todo hería sus maltrechos sentidos. Y este periodista caminó y caminó, porque había aprendido a usar sus piernas, aunque muchas veces caís al suelo de rodillas y otras avanzaba rodando por sinuosas laderas. Y este periodista empezó a ver cosas, y sus ojos ya no le ardían; y empezó a percibir los sonidos que le rodeaban y empezó a amar el sonido de la tierra al despertar. Pasaron varios meses y el periodista aprendió a hablar. Y el periodista preguntó y empezó a entender el mundo, a comprender la importancia de pertenecer al mundo del que informaba. Por fin, la vida humana se hizo inteligible ante sus sentidos. Entonces, el periodista comprendió la realidad y empezó a simpatizar con los compañeros que había dejado atrás. Se dispuso a volver.

El camino de regreso no era fácil, ya que sus ojos empezaban a sentirse limitados por la oscuridad de la caverna. No obstante, ya no necesitaba sus ojos puesto que la verdad iluminaba su sendero. Llegó a la gruta donde estaban sus compañeros y les contó las maravillas que había visto en el exterior.

Y les explicó que había un mundo más allá de las sombras que veían en la pared. Sus compañeros le respondieron que ellos tenían una posición privilegiada para comprender el mundo ya que las sombras no podían mentir, eran el fiel reflejo de lo que había sucedido. Las sombras eran más reales que cualquier mundo posible surgido en la mente del ocioso periodista que había permanecido largo tiempo ausente de la oficina.

Varios meses intentó hacerles comprender que el único mundo que conocían no era el real, que las sombras no eran más que una burla, una ficción. Sin embargo, cada vez que lo intentaba, el resto de periodistas respondía que nadie puede comprender toda la realidad, que la mayor verdad era la que se reflejaba en sus pantallas. Argüían que siempre estamos sujetos a unos intereses y cuando nos centramos demasiado en algo, nos perdemos todo lo demás.

Les explicó que eran periodistas y que debían tener un espíritu intrépido. Que debían explorar el mundo e ir en pos de la verdad y de la justicia. De nada sirvió, ya que sus compañeros pensaron que estaba loco, que no existía más mundo allende las pantallas de su ordenador, y las argollas volvieron a apresar su cuello, y las cadenas a recorrer su cuerpo.

Unos pocos años pasaron y el periodista aventurero murió de inanición. Su alimento primario, la realidad, no estaba más en su menú. En ese momento, un compañero comenzó a recordar su vida anterior. Rememoró cómo eran los tiempos antes de la pantalla del ordenador. De repente, toda la belleza del mundo exterior le sobrevino. Un sudor frío comenzó a recorrerle la espalda. Su respiración se aceleró, sus ojos de dilataron a la búsqueda de un ínfimo rayo de luz. Comenzó a retorcerse, a sentir náuseas. En el fragor de la lucha, consiguió deshacerse de sus correas y, poseído por el espíritu que le había invadido, desató al resto de sus compañeros. Éstos enfurecieron y la batalla comenzó.

Sin embargo, a esta leyenda le falta una página por escribir. Aquella que diga si los bravos intentos de estos dos periodistas cayeron en tierra baldía o si la enfermedad que les atacó —la curiosidad— seguirá causando estragos entre sus compañeros. El destino de la batalla entre estas dos formas de concebir el mundo se libra hoy, y sólo a vosotros os corresponde designar el bando ganador.

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