El bozal del Gran Dragón Asiático


Un mar de sonidos invade “Chinatown”, aunque sus habitantes permanezcan en silencio. En Chinatown nadie sabe nada; todos se afanan en su trabajo y sólo se preocupan por sus negocios. Chinatown es prospera y no entiende de horas o días. Más conocido como el Polígono de Cobo Calleja, esta ciudad comercial situada en Fuenlabrada (Madrid) emerge como un islote en el segundo cinturón industrial de Madrid. Las tiendas se extienden hasta donde no abarca la vista y sube al cielo una mezcolanza de lenguas: español, chino, árabe, turco, inglés… Pero los cimientos de esta particular torre de Babel no se mecen ante las tempestades económicas actuales, pues su idioma básico es el dinero.

El choque cultural es máximo. Al cruzar el puente de la Autovía Toledo cambiamos de continente y de estructura social. Cobo Calleja funciona como una pequeña representación de esa gran potencia que emerge como un dragón famélico amenazando con devorar lo se ponga delante. China vela por sus propios intereses, sin atender a las penurias u opiniones del prójimo. Esta es su política respecto a, por ejemplo, los derechos humanos. Pese a haber ratificado el Convenio de Viena de 1993, se aferran al principio de no intervención en los asuntos de un Estado miembro, reconocido por la Carta de las Naciones Unidas. Ante los derechos humanos, que valoran de forma positiva, oponen el derecho de un país a desarrollarse. Todo esto pese a que la misma Carta de N.U establece que el respeto a los derechos humanos es básico para promover el desarrollo de una nación.

China se ha centrado en reforzar su economía, consciente de que las jerarquías que mueven el mundo en la actualidad se miden en dólares. Esas fueron las bases del ‘Gran salto adelante’ y de la ‘Revolución cultural’ de 1966. China daba la espalda a su cultura tradicional basada en tres pilares (taoísmo, confucionismo y budismo) y abrazaba una nueva ideología, la del PCCh, basada en largas horas de trabajo y limitación de los derechos. El sistema jurídico chino se encamina a garantizar este silencio. Los delitos «contrarrevolucionarios», la «ley de secretos de Estado», la «ley de albergue e investigación», la «reeducación por el trabajo», las detenciones administrativas, la pena de muerte… Todas estas represalias se ciernen sobre el que se atreva a pensar de distinta forma o de cuestionar el saber del patriarca comunista.

La nueva religión elevaba al Secretario General del Partido a las alturas de un dios al que no se puede reprochar nada. Todo ello impone la ley del silencio sobre una población consciente de los inconvenientes que puede acarrear levantar la voz. Porque en medio de todas esas detenciones administrativas está la persecución y tortura, institucionalizadas en la práctica gracias a los “jefes de celda” de cada centro; otros presos que consiguen indultos o prebendas a cambio de evitar que los funcionarios del Estado se manchen las manos.

Éstas son medidas extremas. La principal arma es la férrea censura que ejerce el PCCh. Esto es lo que sucedió en 2001 con la repetición en bucle de una familia de practicantes de Falun Gong que se inmolaron a lo bonzo en protesta por la persecución que estaban recibiendo por parte del PCCh. Pero en vez de perjudicar al Gobierno, fueron usadas para justificar el peligro de esta “secta”. Porque las distintas creencias no tienen lugar en China. La única ideología permitida es la del PCCh, así lo demuestra la masacre a los uigures en 2009.

Atenazados por el miedo, consumidos por la incertidumbre, el pueblo está acostumbrado a sufrir en silencio. Sin embargo, la apertura al extranjero deriva en una grieta insondable por la que se cuelan nuevas ideas. De esta forma se están dando las primeras manifestaciones laborales; tanto las de trabajadores en la ciudad de Shenzhen en el distrito de Guangdong, como las de los comerciantes chinos en Madrid para solicitar poder vender alcohol.

Al PCCh se le abren múltiples frentes internacionales como el informe de Hillary Clinton en 2010 sobre la situación de los Derechos Humanos en China o la inquietante investigación sobre el tráfico de órganos publicado en 2006 por David Kilgour y David Matas. Pero su espada de Damocles pende de un hilo sostenido por su propio pueblo. La apertura a Occidente conlleva penetración de ideas además de capital. Si el dragón se desprende de su bozal, el bramido que emita puede derrumbar hasta los más sólidos cimientos.

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