25-S, La voz del pueblo


¡Policía, asesina! ¡Policía asesina!… En medio de una batalla campal. Sin comerlo, ni beberlo. No se sabe bien cómo, pero una jornada de manifestación tranquila y anodina se ha convertido en una mini guerra en la que distintos objetos, petardos, pelotas de goma y botellas llenan el cielo de la madrileña plaza Neptuno. La calle se ha convertido en un polvorín y una marea de gente trata de huir por el bulevar anhelando escapar de los golpes, en dirección a Atocha. Nada hacía presagiar tan sólo hace media hora este desenlace.
Cabecera de ‘Rodea el congreso’ saliendo desde Plaza España. Momentos de algarabia entre cánticos de “No es una crisis, es una estafa”, “Si tenemos asambleas, ¿para qué queremos el congreso?” o “gobierne el que gobierne el pueblo siempre pierde”.

Cabecera de ‘Rodea el congreso’ saliendo desde Plaza España. Momentos de algarabia entre cánticos de “No es una crisis, es una estafa”, “Si tenemos asambleas, ¿para qué queremos el congreso?” o “gobierne el que gobierne el pueblo siempre pierde”.

Porque todo empezaba muy tranquilo, los ánimos estaban contenidos. La marcha principal salía de Plaza de España sobre las 17.30 de la tarde. Una columna avanzaba en algarabía, con cánticos indignados contra todo el mundo. Rápida, y sin una idea demasiada clara de lo que se pretendía. Protestas generales contra el gobierno, contra la oposición y hasta contra las alternativas como IU o UPyD. En el aire flota la esperanza de que un gobierno ciudadano pueda sustituir a la clase política actual.

La columna baja por Montera y despliega su cartel-insignia —25-S, rodea el congreso—, a su llegada a Sol. En esta plaza tan emblemática ondean banderas islandesas y griegas. Un joven anima a sus “compañeros”, a tomar el ejemplo de Grecia. Los objetivos de la manifestación continúan sin estar demasiado claros. Con la Carrera de San Jerónimo cortada, el río humano desvía su cauce por Alcalá. A su paso deja desbordes del caudal que tienen un ligero escarceo con los numerosos policías, compañeros a la fuerza para el resto del día.

Los lemas siguen variando. Pero en todos ellos se percibe, por encima de todo, el hartazgo. Así se siente Ana, “harta de este sistema capitalista que nos está arruinando a todos; harta de los corruptos que nos gobiernan”. Algunos, como David López, lo llevan más lejos: “Es una dictadura. Teóricamente la democracia es el poder del pueblo, la decisión del pueblo. Claramente, la decisión del pueblo se la están pasando por el forro”.

Muchos dedos se levantan, pero todos señalan a un culpable. “Estoy aquí contra la actitud de la clase política, del clan, del lobby político, que vive separado de la sociedad. Puesto que se han puesto al frente de todos, pues todos estamos en frente de ellos”, asegura Maxi.

Pero no es tan fácil hallar la solución como encontrar culpables. Mientras que algunos solicitan cambios moderados en la constitución, otros se niegan a modificarla. Según Ana, se necesita un cambio en el congreso que, actualmente, no nos representa. Para conseguir que sea más democrático es necesario “un congreso en el que se haga más referéndums. Toda aquella ley que sea muy importante, tendría que pasar por un referéndum. Y hoy en día con las nuevas tecnologías, con internet, podríamos hacer votaciones a bajo coste”.

David, parado desde hace más de dos años y con dos hijas, no lo ve tan claro: “No se debe modificar la constitución porque si empezamos a hacerlo, unos la van a modificar a su manera y otros a la suya y al final el que está abajo nunca recibe”. Por su parte, Maxi, ya está harto de nuestro sistema, que hace aguas. “Hay que ir a una constituyente. Sus propios padres se han meado encima de la actual Constitución, los creadores de esa mierda llamada transición, que para mí no es más que un post-franquismo”.

Opinión que comparte Carmen, madre en una familia monoparental, que ha acudido con su hijo. “Necesitamos una nueva constitución en la que debemos abolir la monarquía. En las elecciones, una persona un voto. Y luego, hay partes muy buenas como que todos tenemos derecho a una vivienda digna. Pues hay que hacer que se cumplan las partes buenas”.

El drama de los desahucios aflora en cada respuesta. La marcha pasa por delante del Santander, de La Caixa, de Bankia… Sea cual sea el banco, el grito es unánime: “¡Culpables, culpables, culpables!”. Según David, “a una familia con hijos, cuando no pueden pagar una hipoteca, viene la policía y ejecuta ese desahucio, ¿por qué tenemos que rescatar a Caja Madrid si ha tenido una mala gestión? Si una caja está ejecutando desahucios, a esa caja no se la debería rescatar”. Maxi coincide, “a los bancos que entraron en crisis por su propio aventurismo, habría que haberlos dejado quebrar y santas pascuas. Y no poner ni un duro del tesoro público para financiarles sus caprichos”.

La tarde avanza inexorablemente, como esta marcha que se dirige hacia el Congreso. Hasta que, de repente, parece que todo se estanca a la altura del Thyssen. El férreo control policial impide el avance y entramos en un impasse. Las horas se alargan y parece que nada se mueve. Las conversaciones se tornan anodinas y los cánticos repetitivos. Parece que la manifestación va a morir de aburrimiento. Mientras, algunos aprovechan para promocionar sus partidos políticos.

Es el caso de Luis Carrasco, del Partido de Mayores y Autónomos. Con su pancarta con un globo de un delfín, Luis, autónomo que comienza a sentir el peso de las deudas, opina que “debemos poner partidos de gente de la calle, que vayan en autobús, no en coche oficial, que vayan en el metro…que se les respete como políticos de una manera normal”. Para él, la solución pasa por pequeños colectivos como su grupo, de reciente creación.

Luis defiende que, “para lo que están haciendo los políticos, los ciudadanos podemos tomar ya mismo su papel. Personalmente no estoy capacitado pero hay muchísimas personas muy preparadas que sí están capacitadas para ello”. Opinión que comparte Carmen: “El pueblo está capacitado para tomar el lugar de los políticos. Hay muchos colectivos luchando por nuestros derechos”.

Las pancartas y lemas originales se suceden por Alcalá hasta estancarse frente al Thyssen. La manifestación entra en un momento decalma que no presagia la tempestad posterior. La voz del pueblo grita contra los políticos, banqueros y grandes fortunas.

Las pancartas y lemas originales se suceden por Alcalá hasta estancarse frente al Thyssen. La manifestación entra en un momento de
calma que no presagia la tempestad posterior. La voz del pueblo grita contra los políticos, banqueros y grandes fortunas.

Entre propuesta y propuesta, y ante la imposibilidad de avanzar, la manifestación se toma un respiro y se realiza una sentada general. Pocos sospechaban que era una de tantas calmas que preceden a la tempestad. Como primer aviso de la noche, de repente, hay una leve carga policial. Suficiente para hacer que todos salgamos corriendo y para infundirnos algo de miedo en el cuerpo. Más tarde, cuando la niebla se disipe de vuelta a casa, descubriremos que fue debido a que un grupo trató de pasar el bloqueo policial.

Maxi: “Hay que ir a una constituyente, y si no la hace
motu proprio el lobby político, habrá que forzar a que
se promueva ese proceso.”

De nuevo la calma. En los oídos de los manifestantes aún corean cánticos referentes al 15-M, la voz del pueblo grita “Si tenemos Asambleas, ¿para qué queremos el congreso?”. Ana cree en la democracia participativa y opina que es cierto que a través de las asambleas se podría mejorar el funcionamiento. “Tendríamos que descentralizar un poco más a través de las asambleas y ayuntamientos”.

A estas jóvenes ideas surgidas al calor del 15-M se unen las viejas reivindicaciones comunistas de Manuel, que intenta repartir ejemplares de su periódico ‘El Movimiento’. Según él, “si tomáramos el poder plantearíamos asambleas en los centros de trabajo, en los centros de estudio y en los barrios, pero también una ejecución de todo eso y también un soviet, una delegación de cada uno de esos centros”.

Aunque coincide en el sentimiento de animadversión contra las grandes fortunas, Manuel lleva su lucha más allá, y plantea “la expropiación de los bancos, las grandes empresas y los medios de comunicación para que su dinero sirva a toda la sociedad y comenzar a controlar la economía bajo control democrático de todos los trabajadores”.

Los cohetes hacen que apenas pueda oír a Manuel. La gente ha comenzado a impacientarse y las corrientes humanas comienzan a separarnos. En el aire sobrevuelan los primeros olores a pólvora. Los disparos se hacen cada vez más rápidos y la policía comienza a cargar con mucha fuera. La estampida es brutal. Los más temerarios animan a no correr, pero el sentido común dicta que no hay forma de parar sin ser pisoteado. Pierdo de vista a todos mis compañeros, a Manuel, a todos.

Pese a todo, parece que he elegido bien la posición: el bulevar me permitirá correr si es necesario. Un grupo pequeño de policías baja de la calle Cedaceros y se adentra en el Paseo del Prado. Los que se han quedado en el otro lado de la acera no han tenido tanta suerte. Las vallas han servido de trampa y se suceden las cargas en ese sector. Grupos de encapuchados arrojan a la policía toda clase de objetos, petardos incluidos.

Carmen: “Tengo familiares en paro y yo me quedo en paro el día 28. Estoy en una bolsa de empleo de la Comunidad de Madrid y espero que me llamen, pero si no, si tengo que robar, robo”.

El debate posterior será sobre quiénes eran los encapuchados. Al menos, uno de ellos, trató de zafarse de los ‘maderos’ al grito de “que soy compañero, ¡coño!”. Cuando los manifestantes toman la iniciativa, el comando de policías comienza su retirada en la formación de guerra romana ‘de tortuga’. De nuevo una calma previa a la tempestad. Todos a Neptuno.

Mi sector avanza entre los árboles del Prado. Allí varios manifestantes comienzan a increpar a la policía y la lluvia de objetos no cesa. Momento tranquilo, momento de llamadas. Hora de comprobar que todos estamos bien y que no hay ningún amigo herido. Y de nuevo, un dèja vu. La tortuga sale de su caparazón y las pelotas de goma ya no son salvas al cielo ni rebotes en el suelo. Ahora se tira en horizontal, a dar.

La formación policial sorprende a propios y a extraños adentrándose entre los árboles y provocando una nueva estampida con el peligro añadido del suelo irregular. Ante la violencia de la carga, la gente retrocede. Yo, queriendo grabar los disparos, me quedo más cerca de lo debido. Y en ese momento, el policía que apuntaba a su frente y disparaba su pistola, se gira en mi dirección. Por detrás de mí han tirado un petardo y han salido corriendo. En ese momento veo que el policía me está apuntando a mí. Es hora de salir corriendo. En la huida, aún percibo el silbido de la bala de goma que ha sido disparada hacia donde yo me encontraba hace unos segundos.

La batalla es tan brutal que todo aconseja seguir el curso natural de El Prado y desembocar en Atocha. Nuevo momento de llamadas. Todos estamos bien, hemos pasado las dos cargas policiales sin incidentes graves. En el periplo al corazón ferroviario de la capital, las ambulancias componen la banda sonora de la noche. El reguero de sangre y heridos se suceden hasta Atocha. La marea humana continúa huyendo de una columna policial que peina con sus coches el Paseo del Prado.

La carga policial logra dispersar la manifestación arrinconándola contra Atocha sin haber cortado el tráfico previamente. Los agentes, parapetados en sus escudos, disparan pelotas de goma contra algunos manifestantes. Fotógrama de un disparo.

La carga policial logra dispersar la manifestación arrinconándola contra Atocha sin haber cortado el tráfico previamente. Los agentes, parapetados en sus escudos, disparan pelotas de goma contra algunos manifestantes. Fotograma de un disparo.

Es hora de irse a casa. Realmente, el despliegue policial no ha dejado otra opción, arrinconando a los manifestantes contra Atocha, donde se vive la hora punta más insólita que se recuerda, a las 22.30 de la noche. La primera impresión hace concluir que todo ha sido un plan premeditado para desalojar la concentración, con permiso hasta las 21.30. Más tarde, todos los comentaristas harán sus análisis y sacarán sus conclusiones. Pero la sensación imperante ahora mismo es la de incredulidad, cierto miedo e incomprensión. Se nos escapa cómo una tarde tan tranquila y hasta aburrida se ha convertido en una refriega violenta.

Pero, si bien la actuación policial ha sido efectiva en el desalojamiento, no ha hecho más que caldear el ambiente y reafirmar las protestas. Antes de que acabe el día ya hay una manifestación convocada para el día siguiente. Las dudas sobre la policía aumentarán al desvelarse la desmedida actuación en los andenes de Atocha, instantes después de que nuestro tren partiese rumbo a Getafe. La tarde comenzaba con el odio a los políticos y banqueros. Ahora, en la hoguera del pueblo, se suma el muñeco de los policías. Y el grito se vuelve ensordecedor aunque sea desmedido: “¡Policía asesina! ¡Policía asesina!”.

 Alberto Serrano.

Sígueme en Twitter @a90sm

 

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